| Ilustración de Clara Varela |
—Luis, mon amour, ¿puedes entrar? —La última excentricidad de Salvador es hablarle como las putas parisinas.
En la habitación, Salvador, sentado en la cama y vestido con un batín de seda, se impregna los bigotes con huevo batido. A su lado reposa una virgen de escayola robada. Desde la pared del fondo, un hombre calvo les apunta con una pistola con silenciador.
—Chéri, este señor quiere hablar con nosotros.
—Disculpen la intromisión —dice con una sonrisa—. Supongo que, dadas las circunstancias, preferirán que vaya al grano: tengo un interés particular en esa teoría de la que hablan en sus tertulias... Ya saben, la piel del tiempo.
Salvador y Luis se miran en silencio.
—Eso no es nada —dice Luis—. Se trata de un concepto artístico, ético, diría...
—Une boutade, mais oui...
—¡No bromeen, caballeros! La piel del tiempo no solo será el arma más poderosa conocida, será... la inmortalidad. Mis científicos están a punto de desvelar sus secretos, pero necesito conocer lo que a la ciencia se le escapa: las implicaciones, las consecuencias... En resumen, lo que ustedes parecen saber.
—Pero si no sabemos nada...
El hombre destroza la virgen de escayola de un disparo y apunta a Luis a la cabeza.
—Se trata de conceptos inefables... Necesitaríamos...
—Veinticinco mil pesetas —interviene Salvador.
Luis le sigue el juego y aclara:
—Lo explicaremos con una película.
El hombre los mira y se pasa la mano por la calva. Parece sopesar si le engañan. Tras unos instantes, se acerca a una mesa, saca un talonario del bolsillo y extiende un cheque. Antes de irse dice:
—Quiero la cinta en tres semanas. Solo habrá una copia, ¿entendido? No jueguen conmigo, tengo buena puntería.
En cuanto sale, Salvador corre a por el cheque.
—¿Una sola copia? ¡No bromee, caballero! —dice Luis con sorna mientras se sienta a la máquina de escribir. De repente, deja de teclear y pregunta:
—¿Crees que es prudente dejar información tan peligrosa a la vista de todos?
Salvador no contesta y Luis continúa escribiendo. Al amanecer, terminan el guion. No lo titulan La piel del tiempo, sino Es peligroso asomarse al interior. Luego se miran, se acuerdan de Federico y lo titulan Un perro andaluz.
Después de releer los folios, Salvador por fin contesta:
—¿Y tú crees que alguien va a entender esto, mon petit garçon?
En cuanto sale, Salvador corre a por el cheque.
—¿Una sola copia? ¡No bromee, caballero! —dice Luis con sorna mientras se sienta a la máquina de escribir. De repente, deja de teclear y pregunta:
—¿Crees que es prudente dejar información tan peligrosa a la vista de todos?
Salvador no contesta y Luis continúa escribiendo. Al amanecer, terminan el guion. No lo titulan La piel del tiempo, sino Es peligroso asomarse al interior. Luego se miran, se acuerdan de Federico y lo titulan Un perro andaluz.
Después de releer los folios, Salvador por fin contesta:
—¿Y tú crees que alguien va a entender esto, mon petit garçon?
Texto de Fernando Vicente Galve (Depropio)