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domingo, 15 de enero de 2012

Capítulo 16. Matar el tiempo

Ilustración de Sergio Montal


Silencio. De repente todo quedó en silencio. Aquí. Ahora. En todos los momentos y lugares.
La primera bala erró. Sebastián empujó a Paula con fuerza alejándola de la trayectoria. Él no tuvo tanta suerte. Desde el suelo, Paula vio cómo el segundo proyectil impactaba en el pecho de Sebastián. Justo a la altura del corazón. Justo en el bolsillo en el que minutos antes guardara la pequeña botella con los últimos mililitros de aquella pócima que ahora no era más que una mancha en su chaqueta. Primero Bruno. Ahora Sebastián. No hay dos sin tres. Paula pensó que era el fin y esperó que aquellos hombres acabasen su trabajo.
Desde la cocina, Carmen escuchó dos petardazos que achacó a los chavales del quinto. «Algún día nos queman el portal», pensó mientras seguía en silencio removiendo el consomé en el sentido contrario a las agujas del reloj. Una y otra vez. Una y otra vez.
En su despacho, Emilio sintió un escalofrío que le hizo estremecerse y mirar hacia atrás sin motivo aparente. El eco sordo de las balas recorrió los pasillos de la universidad y atravesó el laboratorio en el que empezó todo. Allí nadie sabría ahora marcar la fecha en el calendario.
Víctor se llevó las manos a la cabeza cuando las probetas que estaba manipulando estallaron en mil pedazos, derramándose sobre el cuaderno en el que tomaba sus notas. Primero una, y segundos después, la otra.
En la calle, Melquíades observaba la escena en silencio. Ya lo había visto todo. De hecho, fue su primera visión. Dos fogonazos iluminaron su bola de cristal y vio a Paula y Sebastián tendidos en el suelo. Por eso supo el momento exacto en el que debía detener el tiempo.