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| Ilustración de Sergio Montal |
Silencio. De repente todo quedó en silencio. Aquí. Ahora.
En todos los momentos y lugares.
La primera bala erró. Sebastián empujó a Paula con fuerza
alejándola de la trayectoria. Él no tuvo tanta suerte. Desde el suelo, Paula
vio cómo el segundo proyectil impactaba en el pecho de Sebastián. Justo a la
altura del corazón. Justo en el bolsillo en el que minutos antes guardara la
pequeña botella con los últimos mililitros de aquella pócima que ahora no era
más que una mancha en su chaqueta. Primero Bruno. Ahora Sebastián. No hay dos
sin tres. Paula pensó que era el fin y esperó que aquellos hombres acabasen su
trabajo.
Desde la cocina, Carmen escuchó dos petardazos que achacó a
los chavales del quinto. «Algún día nos queman el portal», pensó mientras
seguía en silencio removiendo el consomé en el sentido contrario a las agujas
del reloj. Una y otra vez. Una y otra vez.
En su despacho, Emilio sintió un escalofrío que le hizo
estremecerse y mirar hacia atrás sin motivo aparente. El eco sordo de las balas
recorrió los pasillos de la universidad y atravesó el laboratorio en el que
empezó todo. Allí nadie sabría ahora marcar la fecha en el calendario.
Víctor se llevó las manos a la cabeza cuando las probetas
que estaba manipulando estallaron en mil pedazos, derramándose sobre el
cuaderno en el que tomaba sus notas. Primero una, y segundos después, la
otra.
En la calle, Melquíades observaba la escena en silencio. Ya
lo había visto todo. De hecho, fue su primera visión. Dos fogonazos iluminaron
su bola de cristal y vio a Paula y Sebastián tendidos en el suelo. Por eso supo
el momento exacto en el que debía detener el tiempo.
Texto de Mar González (Puck)
