Ilustración de Carla Pereira
«Bienvenidos al libro del tiempo. Este libro contiene los conocimientos que los guardianes hemos ido descubriendo y transmitiéndonos unos a otros. Mientras estéis leyendo o escribiendo en él, el anterior guardián del tiempo os protege. Si escribís una pregunta, yo, Melquíades, os responderé dentro de las limitaciones de mi saber».
—¡Te arrepentirás! —Vibró en el aire la voz de Carmen.
Los tres dieron un respingo, y al alzar sus cabezas vieron huir de la ventana dos sombras ya demasiado conocidas.
Paula posó de nuevo su mano, con la de Sebastián, sobre el libro. Su pensamiento escribió: «Melquíades, ahora no hay tiempo de preguntas y respuestas. ¡Los calvos están aquí!».
«Con este libro tenéis todo el tiempo del mundo. Recuerdo una cita de Joseph Mankiewicz: “La vida es un vals al borde de la nada”. Abrazaos al vals de la vida y en sus vaivenes descubriréis los abismos que os trasladarán a otros mundos».
Sebastián y Paula se miraron sin comprender. Víctor se rascó la cabeza desordenando aún más sus cabellos. Los calvos intentaban tirar abajo la puerta de la casa.
—¡Ahora nos viene con metáforas…! —rabió Víctor dando un puñetazo sobre la mesa.
—Dejémonos de metáforas, esto es un libro mágico, ¿no? —dijo Paula—. Sebastián, ¿sabes bailar?
—Si no te importa algún que otro pisotón…
—Víctor, por favor, tararea un vals.
—¿Un vals…? ¿Yo…?
Recordó cuando bailaba en el salón del casino junto a su esposa, aquella damita menuda y coqueta que siempre llevaría en el corazón, y, tímidamente, comenzó a silbar El Danubio azul.
—¡Quietos todos! —gritaron los calvos al irrumpir en el laboratorio con las pistolas apuntándolos.
Pero allí nadie se detuvo. Paula y Sebastián bailaban con el libro abierto abrazado entre sus cuerpos, siguiendo el ritmo balanceante y giratorio del vals. Víctor, a la vez que silbaba, daba vueltas alrededor de ellos dirigiendo con sus brazos el baile de una mujer invisible.
—¡He dicho quietos! —Y comenzaron a disparar.
Estallaron retortas, tubos y probetas, la melodía de El Danubio se aceleró, haciendo girar a las dos parejas sobre sí mismas como un torbellino. La explosión provocó una lluvia de fuegos artificiales y los tres se esfumaron envueltos en una columna de vapor azul, ante los atónitos ojos de los hombres calvos. La frase de Mankiewicz aterrizó a sus pies.
***
Carmen encendió la radio. Emitían El Danubio azul. Al escucharlo, una inexplicable tranquilidad la invadió por completo.
Texto de Puri Menaya
