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domingo, 8 de enero de 2012

Capítulo 15. La procesión de la Buena Muerte



Ilustración de Isabel Garmon

Paula tomó las manos de Sebastián y comenzó a acariciarlas tímidamente. Apenas lo conocía, pero no soportaba verlo llorar. En ese momento comprendió que los brebajes, las cuartillas y los saltos en el tiempo carecían de importancia; cada vez tenía más claro cuáles eran sus sentimientos y había llegado el momento de mostrarlos. Pensó un instante en Bruno y supo que él lo entendería. Se aproximó hasta Sebastián y, con una mezcla de miedo y ternura, lo besó. Al principio él no reaccionó, pero después hizo suyo ese beso, y durante los siguientes minutos la única química que hubo en aquel café fue la que surgió entre ellos.
Terminados los besos y las caricias, pagaron la cuenta y salieron a la calle. Nada había cambiado allí fuera: los soportales de la plaza, el Ayuntamiento, el conde Ansúrez… Todo seguía igual, pero Paula notaba un encanto especial, que nunca antes había percibido, en todo lo que los rodeaba.
Cogidos de la mano tomaron la calle de Santiago y se encaminaron, en silencio, hacia la casa de Emilio; ya habría tiempo para otros asuntos más íntimos. Sin embargo, no iban solos. Tras sus pasos se fue formando una pequeña procesión. A muy pocos metros caminaban dos hombres enfundados en unas largas gabardinas negras, y algo más atrás, una sombra encorvada, apoyada en un bastón, trataba de no perder el paso. Cuando Paula y Sebastián llegaron a la altura del cruce con la calle Atrio de Santiago, los hombres de las gabardinas los abordaron. Apenas hubo tiempo para la sorpresa. Primero unos gritos ahogados, y segundos después dos disparos, terminaron con la tranquilidad de aquella noche fría de noviembre.