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| Ilustración de Javier Cruz |
Llegaron al callejón sin aliento. Paula lo recordaba bien. Cuando sucedió su primer salto en el tiempo, pensó que sería un buen refugio. Sebastián, completamente pálido, la siguió sin mediar palabra.
«Este es el lugar», pensó apretando el libro contra su pecho.
«Este es el lugar», pensó apretando el libro contra su pecho.
Detenidos en la esquina cruzaron sus miradas. Ninguno daba crédito a lo que estaba sucediendo.
***
Carmen estuvo inquieta toda la noche.
¿Quién era aquel tipo que le habló de su madre con tal brevedad y misterio? Debía de ser amigo de Paula, tenía sus llaves, pero ¿por qué esa petición tan extraña? ¿Quién era verdaderamente esa muchacha y qué le había sucedido? No podía imaginar aquella simpática pelirroja metida en ningún problema. No, al menos, como para tener que ocultarse de nadie.
Tumbada en la cama sospechó que, tal vez, le llevaría más tiempo del previsto recoger las pertenencias de Paula. Debía hacerlo con tiento, no estaba dispuesta a despertar las sospechas de Emilio ni a tener que darle explicaciones. Su vecina no le resultaba simpática.
«Decidido», pensó. Se levantó de la cama en silencio, cogió las llaves que había guardado en el bote de las infusiones y bajó descalza las escaleras para no hacer ruido. Llegó al primero y se dispuso a guardar todo en una caja.
Recordó la cavidad en desuso del viejo montacargas. Era el mejor escondrijo: con las reformas del ascensor, había quedado oculta tras los cajones del armario empotrado del pasillo, como un doble fondo, y algunos pisos hicieron de ella una caja fuerte extraoficial. Nadie que no hubiera vivido en aquel edificio podría imaginar su existencia. Sí, definitivamente era un buen sitio.
***
Recobraron el aliento y con él las incógnitas. Melquíades había desaparecido y sus palabras retumbaban incesantes en sus cabezas: «Seréis los nuevos guardianes».
—¿Guardianes de qué? —preguntó Sebastián a media voz—. Si al menos pudiéramos hablar con Emilio, él podría...
—Ese era el plan —susurró Paula acariciando su mano, intentando paliar la preocupación de sus ojos—, pero las advertencias del viejo han sido precisas. Los calvos no deben saber.
Pronto se elevaría el sol iluminando aquellas callejuelas. No tenían mucho tiempo, estaban solos. Descifrar las claves del libro era determinante para encontrar respuestas.
—Debemos localizar a Víctor, es nuestra única opción. ¿Confías en mí?
Paula miró a Sebastián, que asintió con gesto sutil, empujó la puerta y entraron. Por segunda vez estaba en casa del profesor, pero en esta ocasión no venía sola.
