jueves, 22 de noviembre de 2012

¡¡¡'Cienmanos', el libro, ya está aquí!!!


Aquí está nuestro hijo Cienmanos. Ha llegado reptando con sus cien manos y sus cien pies para que lo disfrutéis.

Un abrazo para todos los que habéis hecho posible esta obra, y para los lectores, que ahora podréis leerlo de un tirón.

domingo, 1 de julio de 2012

Cienmanos: ‘El vals del tiempo’


Ha pasado un domingo sin capítulo de Cienmanos, y hemos podido sobrevivir… Hoy me asomo por aquí para añadir un detalle que complete este viaje: ponerle título a esta novela.
Nuestro proyecto se llamó Cienmanos, por la cantidad de cabezas, manos y pies que andaban cociendo este caldo, pero sabíamos que el título de una historia como esta lo daría su recorrido y no podría ser elegido hasta el final.

Durante el transcurso de la novela surgió un nombre que corría en boca de todos: La piel del tiempo. Nos gustaba llamarla así. En cada capítulo nos envolvíamos en esa piel con la que podíamos saltar del pasado al futuro, e incluso a los lugares atemporales de los sueños. Pero ya existe una novela que se titula así, y algunos poemarios. Pensamos que nuestra Cienmanos merecía un nombre original, así que desatamos una tormenta de ideas en la que se propusieron otros títulos. Por fin, Sara Lew propuso El vals del tiempo, y como todo el mundo parecía estar de acuerdo (aun a costa de mi sonrojo), ese ha sido el nombre elegido para nuestro retoño de nueve meses de gestación.

Silvia León lo definió muy bien: cada domingo nos tocaba bailar con una pareja diferente. Así pues, este bebé que ha ido saliendo a la luz semana tras semana, queda bautizado por sus setenta y cuatro madres y padres con el nombre de El vals del tiempo, y parece ser que me ha tocado ser la bruja madrina de la ceremonia.
Como en todos los bautizos, las madres y padres de la criatura lanzamos caramelos y peladillas para celebrarlo y os invitamos a una taza de chocolate con churros y a bailar a ritmo de vals con todos nosotros.

martes, 19 de junio de 2012

Agradecimientos


Hola, amigos:

Ya hemos llegado al final de Cienmanos, esta aventura creativa en la que nos embarcamos hace poco más de nueve meses sin saber muy bien lo que nos esperaba en este viaje.
Durante treinta y ocho semanas, más las previas para organizar todo este lío —como lo que dura un embarazo—, hemos ido tejiendo, capítulo a capítulo, una historia que no se sabía ni cómo iba a empezar ni cómo iba a terminar.
Cada uno de los participantes, escritores e ilustradores, recibimos en su momento la pluma de la inspiración del anterior autor y aportamos nuestro toque personal a la aventura de unos personajes que se movían al compás de nada menos que de Cienmanos… Pasamos nervios con la llegada de la plumita dichosa —¿y ahora qué escribo yo? ¿Y qué imagen representará mejor este texto? ¿Y qué locura es esta? ¿Y qué colores elijo? ¿Y…?—, pero escribimos e ilustramos, y entre todos creamos esta obra colectiva que nos ha tenido entretenidos durante tanto tiempo.

A veces, me parece mentira que ya haya acabado… Y que todo haya ido encajando como un mosaico de piezas multicolores y diferentes que se necesitan unas a otras. El viernes pasado tenía una mezcla de sentimientos: por un lado, el alivio de que se había completado el proyecto y, por otro, una especie de «mono», pues no había recibido mi dosis de capítulo nuevo como todas las semanas. Al menos, aún me quedaba una ilustración por ver…

Quiero daros las gracias a todos los autores participantes que habéis estado cada semana dando vuestras letras o vuestras imágenes para que cada domingo pudiéramos disfrutar de un capítulo más. Si esto ha llegado hasta el final, ha sido por vuestro trabajo.
Doy las gracias también a las personas que han estado sustentando Cienmanos, entre bambalinas, y sin las que esta obra no habría podido avanzar:

A Marina de la Fuente, nuestra maravillosa Acuática, que siempre ha estado ahí para todo, desde el principio, con el diseño del blog y luego apagando fuegos, tanto tecnológicos (maldito Blogger) como organizativos. De verdad que sin ella no sé qué habría sido de Cienmanos. Un problema, una llamada y todo solucionado, siempre dispuesta. Ha sido nuestra coordinadora de ilustradores, pero hubo un momento en que subía al blog tanto los textos como las ilustraciones, y yo creí que realmente la que tenía cien manos era ella.
A Pablo Garcinuño, que colaboró en los primeros pasos de este blog preparando los inicios para que estuviera a punto para los lectores, y que junto con Marina me servía de apoyo para solucionar las dudas que se planteaban.
A Ángeles Sánchez, nuestra revisora de la trama, que todas las semanas revisaba cada texto para que todo cuadrase. Se conoce de pe a pa toda la novela.
A Manuela Mangas Enrique, nuestra correctora de estilo, que ha revisado todos los capítulos, y de la que hemos aprendido tantas cosas.
A Rubén García Collantes, que nos organizó una ficha de personajes cuando todo estaba revuelto y bien revuelto…
A Juan Luis López Anaya, Juanlu, que nos ha regalado los marcapáginas de cada capítulo.
Y por último, no me voy a olvidar de Laura, la inestimable, madrugadora e increíble Laura, que cada domingo era la primera en leer Cienmanos, y nos dejaba la reseña del capítulo y sus autores. Un trabajo impresionante. Aquí tenéis sus reseñas de todos los capítulos. 
Gracias también a los lectores que habéis tenido la paciencia y el interés de seguir esta loca historia.

Besos de chocolate para todos.

domingo, 17 de junio de 2012

Capítulo 38. Última estación

Ilustración de Marta Roca

Un armario es un sitio muy pequeño para albergar a tanta gente. A medida que pasan los segundos, los cuerpos lo abandonan y queda cada uno en su espacio y tiempo, sin lugar para adioses.
Bruno y Sebastián aparecen sentados en un banco de la plaza Mayor, en mitad de un déjà vu, como si parte de su vida se condensara en este preciso momento. La sensación se va, devolviéndoles a sus vidas, al paso de una bandada de estorninos.



Víctor Tim abre los ojos entre probetas y un fuerte dolor de cabeza. «Esta última mezcla será mejor que no la repita, casi acaba conmigo», piensa a la vez que escribe un «NO» junto al treinta marcado con un círculo rojo en su cuaderno de notas.
Paula y Melquíades los miran desde el armario, hasta que ella se desvanece también. Pone rumbo a su despachito de investigadora, mientras él se transforma en un gato con alas y ojos vigilantes.
Paula nota al partir cómo se desasen los recuerdos, sin que encuentre forma de sujetarlos. Uno, dos, tres..., ya no recuerda nada. Al llegar al despacho, deja el sombrero sobre la mesa y se pregunta de dónde ha salido y por qué siente unas náuseas tan fuertes. Cuando sale del baño repara en un papel de tono dorado verdoso que sobresale del sombrero. En él hay escrita una frase entre asteriscos: «*Somos mero ahora*».
Solo en sueños podrá comprender de dónde viene el bebé que lleva en su vientre.

Una gran bola infernal implosiona entre el ahora y el hasta siempre, y lo impregna todo de un olor leve a papel quemado.
En el Teatro Viejo, un payaso de nariz roja vestido con un mono azul, con un barreño y una espátula en las manos, cierra una pequeña grieta en la nada. Una hilera de hormigas se retira. El gato ronronea a sus pies.
Años después, Hank, un autor desconocido, escribirá  un best seller que titulará La piel del tiempo, pero esa es otra historia...

domingo, 10 de junio de 2012

Capítulo 37. Letras

Ilustración de Lola Roig


—¿Quedarme? —pregunta Paula antes de barrer con la mirada la zona del teatro a la que Bruno da la espalda—. ¿Dónde?
El color de las butacas de las últimas hileras se desvanece hasta la invisibilidad, y el espacio que dejan libre se tiñe con el tono indefinido de algo que inicia su aparición.
Cuando Bruno se gira para observar la escena, una mano aparece apoyada en su hombro, mientras una nariz de payaso flota en el aire, a la altura de su rostro.
—¿Kum*? —balbucea Paula.
Ferpecto, Melquíades. Lo has hecho muy bien.
Una coma, dos puntos y treinta y cinco letras, tres de ellas mayúsculas, flotan bajo la nariz de goma, resaltando su color a medida que flotan ante ella en su ascenso hacia el techo cóncavo del teatro.
El sombrero realiza una voltereta en el aire y aterriza con gentileza a tres centímetros de las manos abiertas de Paula. El hueco para la cabeza mira hacia arriba.
—Sí, señorita.
Las letras salen en fila y rozan la mejilla de Paula antes de esconderse en su cabello.
—Llegarás tarde. Vamos, te acompaño.
Estas letras se colocan en la espalda de Bruno, que al notar el contacto mira a Paula y halla un rostro que empieza a desconocer.
—¿A dónde? —pregunta al aire. O a Kum*.
—A que te atropelle el amor. Ese que has soñado durante toda esta aventura.
Las letras son de colores. Empujan traviesas a Bruno hasta conseguir que levante un pie del suelo y lo encamine hacia su destino.
Paula contempla en silencio la nariz que se acerca a ella.
—Te dejo otra adivinanza. **** Es algo que todo el mundo sabe, pero olvidan con facilidad.
Veinte letras fucsia, repartidas en grupos de cinco, custodian a cuatro asteriscos hasta el interior del sombrero.
—No lo olvides nunca, Paula. El tiempo y la vida dependen totalmente de esto.
Letras doradas.
Paula se desliza en la oscuridad del fondo del armarito con el sombrero entre las manos. Aún no sabe el regalo que acaba de hacerle Kum*.
La negrura que la rodea se viste de un dorado verdoso, y Paula siente a Sebastián antes de verlo.
Cuando sus ojos se encuentran, la vibración del sentimiento alcanza su cota más alta y el mundo exuberante que los sostiene se expande un poco más.

Texto de Montse Aguilera

domingo, 3 de junio de 2012

Capítulo 36. Bruno


Ilustración de Dersony


Melquíades abrió la puerta del armarito e invitó a Víctor, Sebastián, Paula y Bruno a entrar.
—Si no tenéis nada mejor que hacer, se me ocurre que a lo mejor es buena idea salir de aquí. Para…, hum… bueno, ponernos a salvo y restablecer en la medida de lo posible el continuo espacio-tiempo antes de que terminemos convertidos en nuestros propios padres o en nuestros propios hijos. O todo a la vez.
Víctor Tim y Sebastián se miraron entre ellos y le devolvieron una mirada preocupada.
—La verdad es que, je, tiene gracia, pero todavía no controlo demasiado bien todo esto del espacio-tiempo, así que no estoy muy seguro de lo que puede llegar a pasar. ¡Vamos!
Todos se precipitaron hacia la minúscula entrada. Todos menos Bruno, que se quedó atrás. Paula se volvió hacia él.
—Ahora veo que de alguna forma el proyecto ha funcionado, pero no sé para qué. Ni siquiera sé por qué.
—Bruno, conozco esa mirada. Estás confuso, es normal. Pero este no es el momento.
—No. No tengo ni idea de lo que está pasando, necesito ver las cosas con claridad. Necesito quedarme aquí hasta que averigüe qué consecuencias puede traer esto.
—¿Qué? ¿Podemos discutirlo cuando estemos en un lugar seguro?
—Por lo que sé, ahora mismo no hay ningún lugar seguro. Hemos violado las normas, no tendría que haber sido de este modo.
Víctor y Sebastián ya habían pasado al otro lado.
—Daos prisa, tenemos que marcharnos ahora que podemos. Hablo en serio —dijo Melquíades.
—Recuerdo estar muerto y haber vuelto a aparecer aquí. No sé si estoy vivo, si todos estamos muertos o si la realidad es una especie de alucinación. ¿Es que no os dais cuenta de que todas estas alteraciones tienen que producir unos efectos imprevisibles? ¿Unos efectos que tienen que compensarse de alguna manera?
Melquíades suspiró.
—Oh, venga ya. ¿Por qué siempre hay alguien al que le da por comportarse así en momentos como este?
Paula intentó agarrar a Bruno del brazo, pero él levantó ambas manos para liberarse. Y simplemente dijo:
«Quédate».

                                                                                                                                  Texto de Budoson

domingo, 27 de mayo de 2012

Capítulo 35. Atando cabos

Ilustración de Pepa Loló




A pesar de la sorpresa inicial, dos certezas alegran enormemente a Paula: una, que se puede evitar la muerte de Bruno, y la otra, que su corazón pertenece a Sebastián.

—Bruno, no sabes lo preocupado que he estado por ti —le dice Sebastián en un abrazo.
—Por lo que veo, tú también has traspasado la piel del tiempo —responde.
Pero no es hora de charlas. Paula les recuerda que deben buscar alguna pista que los lleve al payaso. Y Víctor la encuentra pegada a la pared del callejón: un cartel anuncia la película que van a proyectar en el Teatro Viejo.
—Me temo que tenemos que volver sobre nuestros pasos. ¡Fijaos!, es Un perro andaluz.
Bruno apenas si entiende algo, simplemente se deja llevar. 
A la entrada, nadie se fija en el acomodador con la nariz de goma, sentado en la última fila, sonriente. 
El teatro está completamente vacío y la película ya ha empezado. Los cuatro toman asiento y permanecen muy atentos. Bruno queda boquiabierto al identificarse con un joven que unas veces pasea en bicicleta y otras está junto a Paula. Paula asocia la mano llena de hormigas con las Cien Manos. Víctor reconoce los viejos papeles escondidos en una caja de rayas, incluso cree distinguir a los hombres calvos disfrazados de clérigos y arrastrados por el viejo. Sebastián se contempla convertido en estatua de arena junto a su adorada Paula.
Finalizada la película, una nube violácea invade el escenario. Cuando la nube desaparece, deja ver a Melquíades con Carmen. Paula sube al escenario y toma la mano de su hija, que poco a poco va desvaneciéndose para volver al cálido vientre de su madre. El tiempo se recompone y Sebastián comprende, emocionado.

***

Sin embargo, en otro lugar ha estallado la furia. El viejo invencible, desde su bola del infierno, ve cómo la partida se le escapa de las manos. Otro peón ha vuelto a coronarse. Con dos reinas blancas será muy difícil evitar el jaque mate. Por lo pronto, la funesta jugada le ha desposeído del libro. Preso de la ira, tira al suelo con un manotazo un par de peones negros.
A miles de kilómetros, dos hombres calvos que caminan en la oscuridad se desintegran para siempre, y sin ellos quererlo cambian el aciago destino de Bruno.